Javier Martínez Aldanondo
Gerente de Gestión del
Conocimiento de Catenaria
El título del artículo de este
mes no significa que haya decidido jubilarme coincidiendo con el newsletter
número 50. Me quedan todavía bastantes años de “carretera”…
Cada vez que viajas de un país a
otro en avión, las autoridades respectivas exigen rellenar un formulario que,
entre otras cosas, pregunta tu profesión. Durante mucho tiempo, esa pregunta me
resultó muy difícil de contestar. Desde el punto de vista académico, estudié
Derecho pero jamás he ejercido como abogado. Los primeros años de actividad
profesional los invertí en fundar y gestionar 2 empresas en el ámbito de la
tecnología, el conocimiento y el aprendizaje. Actualmente mi tarjeta dice que
soy Gerente de Gestión del Conocimiento. Hasta hace unos meses, resolvía el
trámite escribiendo lo primero que me venía a la cabeza (torero o domador eran
las opciones más habituales) pero últimamente he decidido escribir textualmente
“no trabajo” y, por suerte, no es porque me haya quedado desempleado. A veces
me tienta poner “aprendedor profesional“
pero me contengo. “No trabajo” es también lo que respondo cuando alguien me
pregunta a qué me dedico ante lo cual suelo percibir una mueca a medio camino
entre la incredulidad y el estupor. Pero en verdad lo creo así. Hay 2 ámbitos
desde donde creo interesante analizar por qué mantengo que “Yo no trabajo”:
1. El preguntar a los directivos
qué “conocimiento” echan de menos en sus colaboradores, lo primero que
mencionan es “leer, escribir y hablar bien” Al igual que ocurre casi todas las
personas que conozco, las tareas que ocupan la mayor parte de mi agenda se
agrupan en esas 3 grandes áreas, demasiado obvias como para considerarlas
trabajo:
a. Leer: Cada día dedico buena
parte de mi tiempo a la lectura de distintos tipos de documentos, en español e
inglés, que incluyen por ejemplo: mails, solicitudes de clientes, curriculums,
artículos y papers, informes de proyectos, webs de toda clase, propuestas,
bases técnicas, etc.
b. Escribir: Otra parte
importante de la jornada la dedico a escribir por ejemplo: más mails (en su
momento escribiré acerca del daño que nos está causando el correo electrónico),
artículos, propuestas, informes, presentaciones, chateo vía messenger con
compañeros, etc.
c. Hablar: Finalmente, invierto
un tiempo considerable en conversar (por distintos medios, ya sean
presencialmente, por teléfono o vía skype) con mis colegas y con otros
colaboradores para coordinar actividades y reuniones, con los clientes durante
la ejecución de los proyectos, con los potenciales clientes, con los asistentes
a los talleres y conferencias en que participo, etc.
No tengo dudas de que estos 3
aspectos suponen la ocupación esencial de los trabajadores del conocimiento. No
parecen gran cosa, a fin de cuentas, todo el mundo sabe leer, escribir y hablar
y por eso me resulta tan embarazoso considerarlo un trabajo. En teoría, el
colegio te enseña esas habilidades durante los primeros años. Sin embargo,
leer, escribir y hablar bien es bastante más complejo porque implica una serie
de operaciones mentales bastante sofisticadas que suelen pasar desapercibidas.
Todos sabemos escribir pero unos pocos escogidos son capaces de escribir un
libro. Todos dedicamos muchos años al simple ejercicio de conversar pero muy
pocos están habilitados para improvisar un discurso inolvidable ante un
auditorio. ¿Cuáles son esas operaciones tan sofisticadas y tan escasas?
Podemos leer y analizar el articulo completo en:

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